viernes, 4 de abril de 2014

El Baño del Cóndor


Nuestras sierras esconden en sus entrañas rincones únicos y muy especiales. Uno de ellos es el “Baño del Cóndor”, un mágico lugar en donde los reyes alados encontraron un sitio de características especiales para realizar el ritual del baño, un espectáculo tal vez único en el mundo que puede ser disfrutado por los excursionistas que se animen a llegar hasta sus proximidades y tengan la suerte de estar en el momento justo en el que los cóndores realizan su ritual. Pero, ¿y donde se encuentra este baño tan especial? Ni más ni menos que en el Parque Nacional Quebrada del Condorito y precisamente en las agrestes laderas de la misma quebrada donde se origina el nombre. Actualmente la ruta de acceso más utilizada es la que parte desde el Camino de las Altas Cumbres en el sector conocido como La Pampilla. Una tranquera y un pequeño cartel indican el ingreso al Parque. Allí iniciamos la caminata con un grupo scout a principios del verano. Los jóvenes excursionistas cargaban sus pesadas mochilas con todo lo necesario para pasar un par de noches en la montaña, sin ningún tipo de servicios, sólo un sector demarcado y con el pasto cortado que permite armar las carpas sin dificultades. Pero para llegar al área de acampe debemos transitar por senderos rodeados de verdes pasturas y coloridas flores silvestres. Casi tres horas demandaron para andar los 8 kilómetros con las paradas necesarias para descansar, sacar fotos y reponer energías con alguna golosina o fruta seca. Una vez instalado el campamento en Pampa Pajosa nos dirigimos al Balcón Norte donde tendríamos nuestro primer contacto con los cóndores, que aunque se hicieron esperar, nos deleitaron con sus majestuosos vuelos. Pero éstos no son los únicos habitantes del lugar, aquí viven cientos de aves, muchas exclusivas de las Sierras Grandes como ser remolineras, camineras, loycas, catitas serranas, dormilonas, gauchitos serranos y algunas otras. Mientras tomábamos unos mates un fuerte grito de un ave rapaz nos llamó la atención, se trataba de una pareja de halcones peregrinos que en un coqueto juego se perseguían a gran velocidad. Más arriba un aguilucho común buscaba alguna presa con su atenta y extraordinaria vista. Emprendimos el regreso al campamento y en el camino nos cruzamos con una pequeña pero no menos peligrosa yarará ñata, única especie de ofidios muy venenosa que habita a estas alturas. Una luna menguante alumbraba lo suficiente como para pasar una agradable noche mientras cocinábamos unos ricos capelletis con salsa bolognesa y conversábamos sobre los más variados temas. El segundo día nos recibió con mucho sol que pronto se hizo notar. Debíamos atravesar la Quebrada por un sendero angosto y con mucha pendiente. Más de 200 metros de desnivel nos separaban del Río Condoritos, el cual atravesamos por un resistente puente construido por la Administración de Parques Nacionales. La subida de la ladera sur, más agreste y seca que la norte, no fue tarea sencilla, el calor era agobiante y debíamos hidratarnos constantemente. Coloridas flores silvestres decoraban el paisaje y el aroma mentolado de algunos arbustos abría nuestros sentidos. El premio al esfuerzo lo obtuvimos al llegar al imponente Balcón Sur de la quebrada. Una caída libre de alrededor de 400 metros tiene como fondo el zigzagueante y pedregoso cauce del río Condoritos o San José. La vista es deslumbrante y nos deja sin palabras. Nos quedamos sentados disfrutando del paisaje, extasiados con tanta hermosura. Pero el esfuerzo abrió nuestro apetito por lo que buscamos en nuestras mochilas las raciones para el almuerzo. Pasó más de una hora y no detectamos ninguna actividad en la quebrada, al punto de que ya pensábamos que no avistaríamos ningún cóndor ese día, cuando sin esperarlo y al punto de casi asustarnos, un cóndor adulto y de grandes dimensiones apareció desde nuestras espaldas a pocos metros lo que nos permitió admirarlo en detalle y hasta escuchar el zumbido provocado por sus largas alas al rozar el aire. Tal fue nuestra sorpresa que ni siquiera atinamos a agarrar nuestras cámaras de fotos. El gigante alado siguió su rumbo y en pocos segundos se perdió en la inmensidad de la quebrada. A partir de ese momento, de a poco, uno  a uno comenzaron a aparecer cóndores desde distintos puntos de la quebrada pero con un mismo destino. Luego de realizar un lento y circular descenso cada uno de los cóndores realizaba un elegante aterrizaje en una zona saliente de la pared sur donde un salto de agua que baja abruptamente forma una pequeña hoya de aguas cristalinas para luego continuar bajando por otros 80 metros hasta el río. Las cualidades del lugar permiten a los cóndores realizar un baño de inmersión donde pueden lavar sus largas plumas negras y blancas y luego tomar un reconfortante baño de sol con sus alas extendidas. Una vez que el sol comienza a esconderse sobre la ladera oeste y la sombra avanza hasta este lugar, las enormes aves sólo deben pegar un pequeño salto al vacío para tomar alguna corriente térmica que sin necesidad de realizar ni un solo aleteo los subirá y trasladará hasta sus posaderos en las altas paredes de granito o para alejarse de la quebrada en busca de alimento. Con largavistas y el zoom de las cámaras registramos este singular espectáculo, llegando a contabilizar 46 cóndores compartiendo el ritual. No faltaron los enfrentamientos entre machos adultos o la imposición de jerarquía de un adulto sobre un juvenil que con las alas desplegadas realizaban una especie de danza del poder. Totalmente satisfechos por el show del Baño del Cóndor” emprendimos el regreso al campamento para pasar una noche más en medio de la madre naturaleza totalmente satisfechos por las aventuras vividas.















En kayak por el Lago Los Molinos


Desde hace algunos años que tengo la suerte de recorrer todos los rincones de nuestro valle, principalmente a pie, pero también a caballo y en bici, pero hay un medio que me brindó nuevas oportunidades y experiencias y es el kayak. Sin necesidad de ser un profesional en el tema, con los avances tecnológicos y de materiales los nuevos kayaks conocidos como Sit on Top, son aptos para que navegue cualquier perdona. Se tratan de embarcaciones abiertas a diferencias del kayak tradicional, muy estables y de fácil maniobrabilidad. Actualmente existen varias marcas, cada una con diferentes diseños y prestaciones. Con un amigo, hace algunos años ya,  comenzamos a recorrer algunos tramos de los ríos Los Reartes, Santa Rosa y Río  Tercero y obviamente los “grandes lagos” de Calamuchita. Uno de los circuitos preferidos es el que realizamos en la desembocadura del Río Los Reartes. Hace unos días recibí una llamada para llevar a una familia a remar. Luego de evaluar algunas alternativas decidimos ir a este lugar. Pasadas las 16 horas llegamos por la costanera del Río Los Reartes hasta el sitio seleccionado, buscando antes algunas provisiones para la travesía. El Lago Los Molinos está con muy buen nivel de agua por lo cual el último tramo del río se confunde con el embalse. Elegimos un lugar de fácil acceso para descargar los kayaks que en este caso fueron simples, dobles y triplos. La pequeña Juana de tan sólo 4 años era la más entusiasta del grupo, sin ningún temor no dudó en ser la primera en subir una vez que tuvo bien ajustado su chaleco salvavidas. Una corta pero necesaria charla técnica y de seguridad previa a la salida preparó a los novatos remeros sobre las prevenciones a tener en cuenta. El día no podía ser mejor, el sol destacaba los colores del paisaje, contrastando el azul del lago y el cielo con el verde de las  praderas circundantes. En pocos minutos todos los integrantes del grupo obtuvieron el control de las embarcaciones, tras lo cual pusimos rumbo norte para llegar a la confluencia de los ríos Del Medio y Reartes, lugar donde se confunden con los límites del Lago Los Molinos. Unos sauces en la orilla izquierda ofrecen refugio para golondrinas, benteveos y algún martín pescador. Una garcita azulada se percató de nuestra presencia y pronto levantó vuelo sin darme tiempo a capturarla con la cámara, como lo hizo cada vez que quise fotografiarla durante los últimos meses. Mientras tanto desde la orilla contraria algunos pescadores prueban suerte con sus cañas en busca de pejerreyes y carpas. Un viento norte provoca algunas olas que frenan el avance. Una vez que alcanzamos la unión de los ríos decidimos explorar aguas arriba el Río del Medio. Una familia de patos maiceros salen a nuestro encuentro, mientras mamá pata cuida a la prole, los pequeños patitos nadan cerca de ella. Llegamos luego de unos minutos hasta unas cascadas que nos impiden continuar. Con el impulso de la corriente regresamos hacia el lago. Nuestro nuevo destino, una colonia de cientos de biguás, que comparten una península con patos, gallaretas, teros, gaviotas y otras aves. A medida que nos acercamos una silueta sobresale del montón, no solo por su mayor envergadura sino por su color distintivo. Para nuestra alegría se trata de un flamenco austral, que con su color rosado intenso hacía equilibrio en una pata. Lentamente nos acercamos para obtener una buena toma mientras que una tropilla de caballos tobianos se alimentaba con los tiernos pastos de la orilla, compartiendo el manjar con un numeroso rebaño de ovejas. Descendemos de nuestras embarcaciones, caminando en el agua para ganar finalmente la orilla, donde descansamos un rato contemplando la maravillosa vista saboreando unos matecitos. Toda clase de sonidos llegan a nuestros oídos, tratando de adivinar a que especie de aves pertenecen. Ya repuestas las energías continuamos por el lago que debido a la intensidad del viento ya presentaba olas más intensas que golpeaban la popa de las embarcaciones salpicándonos con agua fresca, contrarrestando los efectos del sol que a esta hora todavía se hacen sentir. Nos aproximamos a las Barrancas Coloradas, que con sus 20 metros o más de altura dejan expuestas los diferentes estratos de areniscas que el agua y el viento fueron erosionando a lo largo de los siglos. Restos fósiles de la megafauna americana, como los gliptodontes extintos hace 8500 años, suelen aparecer por estas tierras. Finalmente, y con viento a favor, retomamos hasta el punto de inicio, luego de dos horas de travesía, culminando una experiencia diferente y entretenida por las aguas calamuchitanas.













Cabalgando muy alto


Hacía mucho tiempo que esperaba concretar esta aventura, subir a lo más alto de Córdoba, pero no caminando como lo hice tantas veces, sino a caballo. Se acercaba fin de año y recibo la consulta de Cristian desde Buenos Aires quien junto a sus hijos deseaba realizar el ascenso al Champaqui a caballo como para despejar la mente después de un largo año laboral. En pocas horas teníamos resuelta toda la logística de la excursión. El 29 de diciembre nos recibió con un día espectacular para dar comienzo a la aventura. De camino a Villa Alpina, un poco antes de llegar, alcanzamos un grupo de jinetes, cada uno con un caballo de recambio, las alforjas llenas y hasta una guitarra, por lo cual dedujimos que tenían nuestro mismo destino. Al llegar nos esperaba Marcelo, un simpático y joven baqueano oriundo de Traslasierras pero que hace algunos años se vino a trabajar al Champaqui. Además de nuestros cinco caballos había traído 2 mulas para las cargas. En este punto, las diferencias entre la ansiedad y apuro de mis clientes recién llegados de la gran ciudad y la parsimonia y tranquilidad de Marcelo eran muy notorias. Algo normal, cuando el que llega de la ciudad, cargado con el ritmo desenfrenado de la vida cotidiana arriba a estos parajes donde hasta los pájaros se toman su tiempo para cantar una dulce melodía.
Casi con todo listo para la partida, de repente el grupo de jinetes llega a nuestro encuentro. Se trata de muchachos de Alta Gracia, todos amantes del campo y de los caballos que están iniciando una travesía de diez días por las serranías cordobesas, pero su primer parada es la misma que la nuestra por lo cual el grupo pronto se duplicó. Con los caballos y jinetes inquietos iniciamos la cabalgata. El sendero es estrecho y pronto formamos una larga fila india que se interna en la espesura de un pinar que presenta las secuelas del último tornado con cientos de árboles caídos por doquier. Pero la sombra no dura mucho y unos minutos más tarde la senda se abre camino por los pastizales típicos de estas alturas. Dejamos de lado el Puesto Ojo de Agua mientras que nuestras cabalgaduras sortean los obstáculos del camino con sorprendente destreza.








Los caballos serranos, generalmente de porte más pequeño tienen que adaptarse a las características del terreno. Hasta los mejores animales del llano pueden hacer aguas en este terreno. Pronto comprobé que mis clientes no tenían ningún problema en afrontar la rudeza del terreno, por lo cual la excursión no debería tener inconvenientes en este sentido. A mitad de camino, luego de cruzar  La Mesilla y tras dos horas de cabalgata hacemos un alto reparador bajo los sauces mimbres del Puesto de Moisés López donde almorzamos unos riquísimos sandwiches de pollo y palmito. Una pequeña siesta para reponer energías en compañía de perros, gallinas y hasta chanchitos que buscan alguna miguita perdida. Nuestros compañeros de travesía hicieron cambio de caballos para dar descanso a los primeros que aún deben adaptarse a las condiciones del terreno. Una empinada cuesta nos lleva hasta el Arroyo Las Socabonas donde los animales aprovechan para tomar agua. El calor se hace sentir y el sol colorea nuestra piel mientras cruzamos el desierto de la virgen donde la piedra es protagonista. Un águila custodia el Cerro Lechiguanas, el cual sorteamos antes de arribar al Puesto San Expedito donde pasaremos la noche. Un buen baño en el Río Tabaquillos antecede al mate cocido con pan casero y dulce y a una guitarreada que se extenderá hasta la medianoche. Al día siguiente, con nuestros equinos listos iniciamos la jornada más exigente. Son pocos los que generalmente se animan a subir. Tomamos una senda poco transitada hacia el noroeste y pronto tenemos que bajar de nuestras montas para superar un paso difícil. Esta operación se repetirá en varias ocasiones para seguridad de jinetes y caballos. A pesar de estos cuidados el rosillo de Cristian golpea una de sus patas delanteras. Los perros que nos acompañaron todo el viaje cada tanto salen en feroz carrera detrás de alguna liebre pero sin éxito para felicidad de las mismas. Un empinado acarreo de piedras blancas nos obliga a descender, estamos cerca. Visitamos la Casa Negra, una pintoresca cueva escondida al norte del Champaquí. El último tramo lo hacemos en medio de verdes pastos y flores silvestres hasta que llegamos al filo de las sierras donde la vista se hace formidable. Todo el Valle de Traslasierras a nuestros pies con sus pueblitos aquí y allá y el azul del embalse La Viña que contrasta con el verde paisaje. Los últimos metros los hacemos a pie, dejando a nuestros caballos descansar bien atados a una piedras por las dudas. No es cuestión de quedarnos sin transporte para la vuelta. Compartimos el almuerzo en la cumbre, que aunque no fue el asado que comiera el Padre Buteler en su ascenso a caballo junto a 40 jinetes allá por el año 1937, no tuvo desperdicios.
El descenso lo hicimos por la senda del sur, que baja en cercanías del Cerro Los Linderos. Un tramo muy empinado que nos obligaba a estar bien calzados en nuestros estribos y el cuerpo echado para atrás, no apto para personas que sufran vértigo. Es increíble lo que pueden hacer estos caballitos serranos! De vuelta en el puesto, esta noche nos espera un cordero asado y otra guitarreada con chacareras, gatos y zambas para cerrar una excelente jornada. El 31 emprendemos el regreso a Villa Alpina, haciendo un alto para comer unas ricas empanadas criollas de Doña Juana y llegar a tiempo para los festejos de fin de año